17 - 09 - 2014

Criptología: los secretos mejor guardados - Criptografía militar

Criptografía militar

En la primera mitad del siglo XX, el teléfono, el telégrafo y la radio eran medios de comunicación vitales para los altos mandos militares. Pero representaban también un flanco débil, ya que el enemigo podía interceptar las comunicaciones, algo que casi siempre era posible. Esto obligó a desarrollar sistemas criptográficos altamente sofisticados, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial. En contrapartida, el criptoanálisis hizo acopio de todos sus recursos, matemáticos y estadísticos, para conseguir descifrar los mensajes del enemigo.

El lenguaje de los navajos

Una forma de dificultar el descifrado de un mensaje es utilizar un idioma hablado que carezca de cultura escrita. Durante la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos utilizaron indios navajos para transmitir mensajes hablados en el campo de batalla. La idea fue de Philip Johnston, que hablaba el idioma navajo porque había vivido en una reserva india durante su infancia.

El idioma navajo, además de su gran complejidad, suena como una extraña sucesión de sonidos nasales o guturales muy difíciles de transcribir. La falta de equivalencia de términos navajos para palabras militares, se solventó con sustituciones. Así, los aviones de caza eran colibríes y los de observación, búhos; los acorazados, ballenas, las bombas, huevos, y así hasta centenares de palabras inspiradas en el mundo natural. Una ventaja adicional de estos mensajes era la rapidez, pues el transmisor traducía al navajo el texto inglés del mensaje, y el receptor lo leía directamente en inglés, con lo que se omitía el trabajo de cifrar y descifrar.

Gracias a los navajos, los norteamericanos contaron en los campos de batalla del Pacífico con un sistema de comunicaciones rápido e imposible de descifrar o falsificar.

El código japonés JN-25

El JN-25 fue un código utilizado por el mando japonés en sus transmisiones durante la Segunda Guerra Mundial. La Estación Hypo, situada en Pearl Harbour, bajo el mando del comandante Joseph Rochefort, fue la encargada de descifrar dicho código, una tarea crucial para ayudar a romper el frágil equilibrio de las fuerzas navales que, por entonces, se inclinaba a favor de los japoneses.

El JN-25 consistía en aproximadamente 45.000 números de cinco dígitos, de los que cada uno de ellos representaba una palabra o una frase. En el momento de la transmisión de un mensaje estos números eran "supercifrados" con unas tablas especiales de adición de números. Para romper el código era necesario utilizar técnicas de análisis matemático que deshicieran el proceso de adición, luego analizar estadísticamente los patrones de repetición, para de esta forma ir desvelando el significado de cada uno de los números de cinco dígitos.

En junio de 1942, los americanos ya habían conseguido romper el código JN-25; durante la primavera de ese mismo año habían sido interceptados varios mensajes en los que se especificaba una concentración de fuerzas navales encaminadas a un objetivo señalado como "AF". Los especialistas de la estación Hypo ya habían descifrado el código japonés, pero aquellas dos siglas seguían siendo un misterio. Los americanos enviaron entonces un mensaje sin cifrar en el que se decía que las instalaciones de agua potable de Midway habían sido seriamente dañadas. Al poco rato se interceptó un mensaje del servicio de inteligencia japonés, naturalmente codificado en JN-25, que decía "AF se ha quedado sin agua". El haber descubierto que las letras AF significaban Midway permitió al almirante Nimitz obtener una victoria decisiva en la batalla del Pacífico.

Otro de los logros más impresionantes del descifrado de los mensajes japoneses fue el derribo del avión que llevaba al comandante en jefe de la flota japonesa, el almirante Yamamoto, en un viaje a las islas Salomón. El almirante Nimitz envió 18 aviones de caza para interceptar a Yamamoto, que seguía exactamente el itinerario anunciado en el mensaje descifrado.

La máquina Enigma

A partir de 1926, los alemanes contaron un un sistema de cifrado que parecía invulnerable. La máquina Enigma, semejante a una máquina de escribir, podía ser llevada a los campos de batalla, y era una pieza primordial de los submarinos.

Contaba con tres elementos básicos conectados por cables: un teclado para escribir los mensajes en texto normal, una unidad modificadora que codificaba el texto, y un tablero en el que aparecía la letra codificada iluminada. Este mecanismo básico se complicó más tarde, pues las máquinas tenían tres modificadores y, además, se les añadió un clavijero que permitía insertar cables que intercambiaban algunas letras antes de entrar en el modificador. Previamente a empezar a operar, el emisor giraba los modificadores para situarlos en una posición particular de partida, lo cual determinaba la codificación del mensaje.

A pesar de que los servicios de espionaje aliados disponína de máquinas Enigma e incluso contaban con algún libro de sus códigos, la ingente cantidad de cifrados diferentes que podía generar la máquina (unos 17 trillones) parecía imposible de traducir.

Ya iniciada la Segunda Guerra Mundial, la ultrasecreta Escuela de Codificación y Cifrado del gobierno inglés dispuso en Bletchley Park un conjunto de barracones que alojaban a unos centenares de matemáticos, lingüistas y científicos bajo el mando de Alan Turing, profesor de matemáticas en Cambridge. Lo que hacía más difícil descifrar los mensajes Enigma era que cada día los alemanes cambiaban el código, por lo que la rutina de Bletcley Park empezaba cada madrugada intentando encontrar la palabra wetter (tiempo), ya que los primeros mensajes de los alemanes daban el parte meteorológico. A finales de 1941 y gracias a una combinación de intuición, suerte, medios y las "bombas", máquinas de criptoanálisis ideadas por Turing, los mensajes de los alemanes dejaron de ser un enigma impenetrable para los aliados.

El equipo inglés de Bletchley Park contó también, a partir de diciembre de 1943, con el Colossus, una máquina programable que la convertía en el precursor de los modernos ordenadores, capaz de descifrar 5.000 caracteres por segundo. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, fue destruido, así como los planos de su fabricación. El primer ordenador real fue el ENIAC, de 1946.

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